Hola, ¿qué tal?
Hoy quiero hablarles de una temática muy recurrente en consulta: la restricción alimentaria. Pero no la versión más clásica o evidente (la que solemos asociar, por ejemplo, a la anorexia), sino esa restricción más sutil, cotidiana, que muchos de nosotros hemos normalizado durante años.
Cuando escuchamos el término restricción alimentaria, es común imaginar algo visible: reducir porciones, saltarse comidas o dejar de comer. Algo que desde afuera quizás resulta más fácil de notar.
Sin embargo, en la experiencia de muchas personas, la restricción suele ser bastante más silenciosa. Y, muchas veces, ni siquiera se reconoce como tal.
Porque restringir no es solamente comer menos. También puede implicar vivir la alimentación bajo reglas rígidas, postergar sistemáticamente el hambre, elegir desde el miedo en lugar de la necesidad o sentir que existe una forma “correcta” de comer que debe respetarse a toda costa. Si, eso también es restricción alimentaria.
A veces el plato está lleno, pero la relación con la comida se siente tensa.
Hay quienes describen esta vivencia como una sensación constante de autocontrol. Un diálogo interno permanente (o la “voz de la dieta”, como solemos llamarla en consulta) que dice: podría comer más, pero mejor no, no debería tener hambre a esta hora, esto es demasiado, mañana compenso.
Desde afuera puede parecer disciplina. Desde adentro, suele sentirse como esfuerzo.
Una de las ideas más importantes (y menos comprendidas) es que la restricción no siempre se define por la cantidad de comida. Una persona puede comer volúmenes que parecen “normales” y aun así estar restringiendo, si la experiencia está dominada por culpa, rigidez, miedo o vigilancia constante.
Porque es importante recordar que la restricción no solo ocurre en el plato. También ocurre en la mente, o como lo llamamos en consulta, restricción mental.
La restricción alimentaria no siempre es extrema ni dramática (ni necesita serlo para que empecemos a prestarle atención). A menudo es sutil, socialmente validada e incluso admirada. Y justamente por eso puede resultar tan difícil de identificar, especialmente en personas que han crecido bajo el constante bombardeo de una cultura obsesionada con la restricción y la delgadez.
No se trata de patologizar cada hábito o estructura en la alimentación, sino de mirar la experiencia interna con curiosidad y honestidad.
Hay flexibilidad o rigidez? Hay calma o lucha? Hay conexión o desconexión conmigo y mis sensaciones antes y durante el acto de comer?
Porque muchas veces, la diferencia no está solo en lo que se come, sino en cómo se vive el acto de comer.
Antes de finalizar, me gustaría agregar algo importante: siempre es necesario revisar cada caso en su contexto. Existen personas neurodivergentes, por ejemplo, para quienes la estructura, la repetición o cierta rigidez pueden resultar reguladoras y aportar sensación de calma.
En estos casos, algunas conductas alimentarias rígidas no necesariamente están guiadas por el deseo de perder peso, sino por factores como la seguridad, la previsibilidad o las experiencias sensoriales.
Espero que algo de este escrito te haya resonado, y si no es así, siéntete libre para enviárselo a alguien que le pueda ayudar!!
Un cariñoso abrazo.
